Historia de Llinars del Vallès

Orígenes milenarios: del dolmen al dominio romano

Llinars del Vallès tiene una historia tan antigua como fascinante. Aunque su nombre aparece documentado por primera vez en 919, el territorio ya estaba habitado desde hace miles de años. Uno de los testigos más antiguos es el dolmen de Pedracra (2200–1800 aC), situado junto a Vilalba Sasserra.

Más adelante, el poblado ibérico del Faro, con más de 2.500 años de historia, representó el primer gran asentamiento humano consolidado en la zona. Los restos de cerámica ática hallados en el yacimiento -que forman parte del fondo del Museo Joan Pla i Gras- evidencian la existencia de contactos comerciales con navegantes de Oriente Mediterráneo.

Con la llegada de los romanos, la vida local experimentó una profunda transformación. La Vía Romana, que hoy da nombre a una calle del barrio de Bona Sort, abrió Llinars en el mundo, favoreciendo la introducción del cultivo del cereal, la viña y el olivo. Según la tradición, este antiguo camino habría sido pisado por el propio Hanníbal y sus elefantes durante la Segunda Guerra Púnica, en su camino hacia Roma.

Con el tiempo, los habitantes bajaron de las colinas y formaron la villa de Praetorio, origen de Llinars, en torno a lo que hoy es el CEIP Damià Mateu y Can Rossell. Los restos de la Torre del Moro o Torrassa, en la cima de la Cordillera Litoral, son todavía hoy un vestigio de aquella época.

La Edad Media: castillos, iglesias y vasallaje

Durante la consolidación medieval, Llinars se convierte en un núcleo estable y religioso, y en este contexto se construyen iglesias que todavía hoy perduran, como Santa Maria de Llinars (919), San Sadurní de Collsabadell (998), San Juan de Sanata (1003) y Sant Esteve del Coll (1023). Asimismo, los señores del Castell del Far, vasallos de los condes de Barcelona, ​​ejercen el poder feudal sobre el territorio.

En paralelo, el Castell Vell, levantado entre los siglos IX y XIII sobre restos ibéricos y romanos, se convierte en el símbolo de este dominio señorial. Ya en el siglo XII, el control pasa al linaje de los Desfar, en un contexto de crecientes tensiones con la Iglesia. Como muestra de prosperidad espiritual y económica, en 1133 se consagra una nueva iglesia en Collsabadell.

Posteriormente, el matrimonio entre la heredera Desfar y Romeu de Corbera hace que la baronía pase a este nuevo linaje, por lo que el cuervo de los Corbera todavía figura en el escudo del municipio. A finales de la edad media, la población se distribuía en varios núcleos -Llinars, Collsabadell, Sanata y el Faro-, con cerca de 400 habitantes, mayoritariamente campesinos, algunos de los cuales ya comenzaban a combinar los trabajos del campo con la producción textil casera.

Finalmente, el terremoto de 1448 sacude el territorio y destruye el Castell Vell. Como respuesta, el campesinado acuerda colaborar en la construcción del Castell Nou, y, a cambio, es liberado del tributo feudal durante dos generaciones. Aportaron mil libras, un gesto colectivo que todavía hoy resuena como símbolo de resistencia y comunidad.

Del campo al tren: siglos XVI al XIX

Entre los siglos XVI y XIX, Llinars era un pueblo agrícola y tranquilo, donde la vida giraba en torno al trabajo del campo. Las masías esparcidas por el municipio no sólo eran hogares, sino centros de producción y vida colectiva, y muchas de ellas todavía hoy forman parte del paisaje que define el término.

A pesar de este carácter pacífico, el pueblo fue también escenario de conflictos históricos. El 16 de diciembre de 1808, en plena Guerra del Francés, el general catalán Joan Miquel de Vives y Feliu intentó frenar el avance de las tropas napoleónicas comandadas por Saint-Cyr. Pese a la derrota, la batalla de Llinars quedó grabada en la memoria colectiva del municipio.

Ahora bien, el cambio más decisivo de este período llegó en septiembre de 1860, con la inauguración del ferrocarril. La nueva conexión con Barcelona no sólo mejoró las comunicaciones, sino que transformó la economía local, abrió nuevos mercados y preparó al pueblo para el crecimiento del siglo XX.

Siglo XX: entre la guerra y la transformación

A lo largo del siglo XX, Llinars vivió una etapa de cambios profundos. Durante la Guerra Civil, el municipio sufrió graves daños: uno de los hechos más impactantes fue la explosión de un camión cargado de trilita que destruyó el puente de hierro de la riera Giola; además, durante la retirada del ejército vencido, el ayuntamiento quedó en ruinas y se estropearon más de 150 edificios, entre ellos la Miranda, de inspiración gaudiniana.

Pese a los destrozos, la posguerra fue menos dura que en otras zonas gracias a su actividad agrícola y forestal. La Hermandad de Labradores impulsó la exportación de patatas sobrantes, lo que ayudó a mantener viva la economía local.

Otro fenómeno destacado fue la llegada de los veraneantes barceloneses, que venían a gozar del buen aire y las aguas del pueblo; entre estos visitantes encontramos nombres ilustres como Santiago Rusiñol, Frederic Marés o Damià Mateu. Este turismo generó trabajo y riqueza por los habitantes locales, pero también frenó la industrialización, puesto que los veraneantes se oponían a la instalación de fábricas.

A partir de los años 50 y 60, la llegada de familias de otros puntos del Estado, especialmente de Almería, y la creación de nuevas urbanizaciones como Can Boatell, San José y San Carlos, comportaron un fuerte crecimiento demográfico y urbanístico, obligando a mejorar infraestructuras y servicios básicos como el agua, el alcantarillado y la educación. Con la democracia, se construyó el primer ayuntamiento plural liderado por Miquel Jané, en un momento de renovación y esperanza colectiva.